

En un par de oportunidades anteriores me he referido al diálogo que ha emprendido Tenzyn Gyatso, XIV Dalai Lama, representante máximo del budismo tibetano con las neurociencias. Este intercambio, que ha dado como fruto máximo el que el líder budista haya participado con singular éxito con una ponencia en la Conferencia Anual de Neurociencias de los Estados Unidos, permite detenerse y reconocer que la rica clasificación de estados mentales y técnicas contemplativas que el budismo ha ido desarrollando en su milenaria experiencia puede ser de gran aporte a las ciencias en aspectos concernientes a la mente humana, tales como la cognición, las emociones y la capacidad de transformación del cerebro.
Por ejemplo, una conversación abierta y respetuosa entre psicólogos, neurocientíficos y budistas sobre la naturaleza y rol de las emociones positivas y negativas, la atención, la imaginación y la plasticidad del cerebro, no puede redundar más que en mutuo provecho.
Desde muy antiguo el budismo ha argumentado sobre el natural y tremendo potencial de transformación de la mente humana, para ello ha desarrollado muchísimas técnicas contemplativas y meditativas que apuntan a dos objetivos meridianamente claros: el cultivo de la compasión y la comprensión profunda de la realidad (compasión y sabiduría).
No debemos olvidar, por otra parte, que las neurociencias han alcanzado un entendimiento clave de los mecanismos cerebrales asociados tanto a la atención como a la emoción, lo que en la tradición budista se encuentra como un entrenamiento mental destinado a refinar la atención y transformar las emociones.
Un diálogo abierto y respetuoso podría, en palabras del propio Dalai Lama, llevar a "la posibilidad de estudiar el impacto de la actividad mental intencionada sobre los circuitos del cerebro que han sido identificados como críticos para procesos mentales específicos". Lo que podría llevar a la ciencia a adquirir nuevos métodos para intervenir en favor de los individuos y a la práctica budista una validación externa de dichos métodos.
No obstante las enormes posibilidades ya descritas deben tener como norte el beneficio humano, pero como límite una clara ética, no de orden religioso, porque no corresponde y podría ser regresiva, sino de orden secular, donde el conocimiento y su uso, unido al poder del desarrollo tecnológico que provoque, se ejerzan desde la perspectiva de la tolerancia, el cuidado, la responsabilidad (personal y social) y la compasión, principios que trascienden el estrecho límite de una religión para insertarse plenamente en una concepción humanista, abierta, laica y tolerante.
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prof. Benedicto González Vargas
Luz, mucha Luz !!!
Agradecido de tus palabras