
Llevo más de 25 años trabajando en aulas escolares, desde liceos públicos hasta subvencionados y privados.
En el último tiempo, desde la gestión cotidiana en la dirección del
Colegio Altamira, he ido compartiendo con educadores de éste y otros centros educativos, la percepción que el número de estudiantes con dificultades emocionales y conductuales ha aumentado. Consecuencia de ello ha sido la instalación paulatina de barreras importantes al aprendizaje y a la participación plena de niños, niñas y jóvenes, en las comunidades de sus escuelas, instalando crecientes desafíos en sus profesores y preocupación en sus familias. El problema se agudiza, pareciera que como sociedad no lo quisiéramos ver, dado que seguimos reproduciendo sistemas educativos basados en la exclusión, selectividad y competitividad, manifestando con ello un síntoma, más oculto pero fundamental, de la crisis educacional que atraviesa el país.
Los trastornos más frecuentes que observamos en las y los estudiantes, que están afectando la concentración, el ánimo, la conducta y el rendimiento escolar, son aquellos que se presentan como estados transitorios o permanentes de:
- Temor, angustia y/o problemas de autoestima.
- Insuficiencia de límites, iiritabilidad o agresividad hacia sus compañeros y profesores.
- Falta de atención, hiperactividad o bajo control de impulsos.
- Dificultades específicas en el aprendizaje (lenguaje, lectura, cálculo, etc)
- Desmotivación y depresiones.
- Tics
- Autismo y otros trastornos de la comunicación
- Falta de sueño
- Conductas perturbadoras-oposicionistas
- Anorexia y bulimia
- Bipolaridad
- Suicidio en adolescentes
- Abuso en el consumo de alcohol y otras sustancias nocivas
- Efectos del maltrato infantil y abuso sexual
- Deserción escolar producto del embarazo adolescente
Por los propios testimonios directos de estudiantes y profesores, para mí es evidente la conexión entre estos estados y las presiones al éxito social, las situaciones de abandono por parte de sus padres, la soledad y melancolía, la presión por las notas en formas estandarizadas de evaluación, la frustración respecto de expectativas futuras al egreso escolar, la escasa cabida de los reales intereses de los estudiantes en el sistema escolar o las débiles herramientas de autoconocimiento que les otorga su educación. En estas mismas páginas he comentado la impactante situación del
maltrato infantil en nuestro país.
La Federación Mundial de Salud Mental en su
Informe del año 2003 , que recomiendo a madres, padres y docentes, llama la atención sobre estas múltiples necesidades de salud mental de los niños y adolescentes, especificando que alrededor de 20% sufren una enfermedad mental discapacitante que debe ser atendida. En el caso de nuestro país se plantea como cada vez más necesaria la
asistencia psiquiátrica infanto-juvenil al dar cuenta del aumento de patologías en estas edades.
Muchos de estos estudiantes son excluídos de los centros escolares por la imposibilidad de atenderlos, sea porque sus padres no se comprometen, por la insuficiencia de preparación de los docentes para producir transformaciones en el corto/mediano plazo o por las dificultades económicas de acceso a especialistas. Cuando intentan re-insertarse presentan complejidades propias de su adaptación a los nuevos espacios, apareciendo como portadores de ???anormalidad???, ???disfuncionalidad??? o ???peligrosos??? para la convivencia escolar y aprendizaje de sus compañeros. La tradicional metáfora de la ???manzana podrida???, función ???higiénica??? de la escuela, limpiando el espacio de ese tipo de estudiantes.
Podemos quedarnos en la explicación general de una sociedad que está fracasando en dar respuesta a la situación de estos niños, niñas y jóvenes o que el Estado debiera hacer algo. Sin embargo, estoy convencido que los actuales colectivos de profesores y profesoras, de directores y directoras de centros educativos debemos comenzar a tomar conciencia que este es un problema de época y de nuestra cultura, y por lo tanto, tomar una responsabilidad histórica de incorporar estas realidades como ámbito nuestro, propio del quehacer y aprendizaje pedagógico.
La pregunta que me ha venido surgiendo es si vamos a considerar este aspecto sólo como un fenómeno bio-médico, propio de especialistas, sean estos psicólogos, psiquiatras o neurólogos; o vamos a aprender a intervenir en estas situaciones a la par y en colaboración con aquellos, como algo distintivo de la pedagogía, desde nuestro vínculo diario en la sala de clases con estudiantes que viven estas realidades, priorizando una mirada en su potencial de desarrollo y en las capacidades por sobre sus dificultades.
Esta realidad emergente es un privilegiado punto de partida para producir cambios en el paradigma de una escuela excluyente y selectiva, centrada en el modelo del déficit, a un nuevo paradigma de una escuela que aprenda a
educar en y para la diversidad. Oportunidad para reinvindicar un profesorado que aprende y que reconstruye para sí una identidad que sea más valorada socialmente.
Educar en diversidad