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Biografía

Soy docente y escritor y vivo en la patagonia argentina

 

El cielo protector.

“Lo que tiene nuestro destino de nuestro

y de distinto es lo que tiene de parecido

con nuestro propio recuerdo.”

Eduardo Mallea

 

A veces abro la ventana y este cielo claro, luminoso, se transforma en aquel otro, denso y colorado que parecía querer desplomarse sobre mi cabeza como una tormenta de verano, con toda la contundencia y fragilidad de su pesada ingravidez.

Ese cielo de rodillas sucias y mocos sueltos, que presagiaba vientos, sabía de los reclamos de justicia en los potreros , de la calle como escenario de los sueños y también de los miedos;

de palomas y gorriones amenazados por la piedra y de la pésima puntería, como excusa convincente.

Aquel cielo, también fue testigo de charcos alborotados por ruedas, pedales y ladridos,

de frutales saqueados y almanaques secretos con promesas de placer en germen;

de juramentos eternos y amores inmortales, de narices ensangrentadas

y palabras y puños cabales.

A veces este cielo de estrellas australes, abre mi ventana y se cuela con estrellas de otras latitudes que supieron del mate con limón bajo la sombra de un paraíso y también, más adelante,

de largos peregrinajes por amores inmensos circulando desde el deseo al pánico;

amores con retumbos de metrallas

y también amores en regazos vírgenes.

Aquel cielo, conocedor de tordos, bracitas de fuego, y Apolos, fue testigo de la transmutación del acto en idea y viceversa,

fue viceversa de otros actos y otras ideas

y también fue el techo que cobijó inagotables disquisiciones desveladas sobre la finitud de la vida, las bondades del 4-2-4 o las piernas de la vecina.

Sucedió también, que por momentos se pobló de campanas e incienso y fue cimiento

-quebrantando la gravedad-

de un panteón de desangelados paganos, quienes, desde su infortunio encarnaron la fe y la esperanza, sin más ritos que la porfía cotidiana,

en nombre del hombre y esperando que María dejara de ser virgen

para poder celebrar de la vida y el vino,

libres de la culpa.

Entonces aquel cielo fue necesariamente nosotros porque fuiste vos,

porque fue la quimera y el anhelo,

porque fue la cadencia de nuestros pasos tras la utopía,

porque así lo decidimos, casi sin proponerlo.

A veces abro la ventana y aquel cielo denso y colorado

se transforma en este otro, claro y luminoso, de estrellas australes,

que parece querer desplomarse sobre mi ánimo como una tormenta de verano,

para que no olvide tus pasos que acompañan

ni el olor de la tierra mojada.

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