Fernando RussoActividadProfesionalInteresesCultura y ArteBiografíaSoy docente y escritor y vivo en la patagonia argentina
El cielo protector. “Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo.” Eduardo Mallea A veces abro la ventana y este cielo claro, luminoso, se transforma en aquel otro, denso y colorado que parecía querer desplomarse sobre mi cabeza como una tormenta de verano, con toda la contundencia y fragilidad de su pesada ingravidez. Ese cielo de rodillas sucias y mocos sueltos, que presagiaba vientos, sabía de los reclamos de justicia en los potreros , de la calle como escenario de los sueños y también de los miedos; de palomas y gorriones amenazados por la piedra y de la pésima puntería, como excusa convincente. Aquel cielo, también fue testigo de charcos alborotados por ruedas, pedales y ladridos, de frutales saqueados y almanaques secretos con promesas de placer en germen; de juramentos eternos y amores inmortales, de narices ensangrentadas y palabras y puños cabales. A veces este cielo de estrellas australes, abre mi ventana y se cuela con estrellas de otras latitudes que supieron del mate con limón bajo la sombra de un paraíso y también, más adelante, de largos peregrinajes por amores inmensos circulando desde el deseo al pánico; amores con retumbos de metrallas y también amores en regazos vírgenes. Aquel cielo, conocedor de tordos, bracitas de fuego, y Apolos, fue testigo de la transmutación del acto en idea y viceversa, fue viceversa de otros actos y otras ideas y también fue el techo que cobijó inagotables disquisiciones desveladas sobre la finitud de la vida, las bondades del 4-2-4 o las piernas de la vecina. Sucedió también, que por momentos se pobló de campanas e incienso y fue cimiento -quebrantando la gravedad- de un panteón de desangelados paganos, quienes, desde su infortunio encarnaron la fe y la esperanza, sin más ritos que la porfía cotidiana, en nombre del hombre y esperando que María dejara de ser virgen para poder celebrar de la vida y el vino, libres de la culpa. Entonces aquel cielo fue necesariamente nosotros porque fuiste vos, porque fue la quimera y el anhelo, porque fue la cadencia de nuestros pasos tras la utopía, porque así lo decidimos, casi sin proponerlo. A veces abro la ventana y aquel cielo denso y colorado se transforma en este otro, claro y luminoso, de estrellas australes, que parece querer desplomarse sobre mi ánimo como una tormenta de verano, para que no olvide tus pasos que acompañan ni el olor de la tierra mojada. UbicaciónFUERA DE CHILEÚltimos comentariosÚltimos artículos
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