Hoy por hoy, los homosexuales han sido tocados por la varita mágica de un dios o de un hada madrina, ahora son polvo de estrellas, se lucen entre la aristocracia intelectual, o en las pantallas de la tele, defienden los derechos humanos, la moral y la rectitud, la vida animal, hidroaysén, la patagonia, el planeta verde, y lo más importante, disfrutan sus afectos a la vista y paciencia de los heterosexuales y de la comunidad nacional e internacional.
Dios los ha escuchado, sin duda. Ha mirado el dolor de generaciones en que por millones los adolescentes se miraban a sí mismos con la duda de su inclinación, atormentados por la inseguridad en su hombría, y de otros millones atormentados por la seguridad de que sí, que tenían en sí inclinaciones inmanejables, o manejables sólo en la oscuridad del ocultamiento, de la negación, de la renuncia de su emocionar, de su desarrollo, de su derecho al amor.
Hoy estos desdichados se besan en público, se acarician en vivo y declaran su felicidad por estar juntos, por tener un destino.
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La modernidad es un logro.
Aparecimos en el mundo moderno como un mundo a la mano, pasamos por
puertas, encendemos luces 










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