Recuerdo cuando Ennio Morricone vino a Chile. La alta sociedad entró de los primeros a ver el maravilloso espectáculo, luciendo sus vestidos y trajes frente a las cámaras cual si fuera la mejor ópera italiana. Más atrás, la gente más del pueblo, algunos sabían del maestro, a otros les sonaba su nombre y otros simplemente asistían sin saber nada pero con la voluntad de escuchar con respeto, y apreciar el arte que por esta vez... era gratis. Morricone deleitó con la nostalgia de “Cinema Paradiso”, la hermosura de “Débora” y “El oboe de Gabriel”, además del soundtrack de “Malena”. Pero














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