Don Quijote es el personaje de ficción más conocido y apreciado en todo
el mundo. Lo ha sido, al menos, por los últimos cuatro siglos, y todo
augura que lo seguirá siendo tanto tiempo más como la raza humana siga
los caminos de la civilización. Para nada podría vincularse este
fenómeno a su origen cultural hispano. Esto, si nos atenemos al hecho
incontrastable de que por lo menos durante el siglo XX ha existido una
avasallante imposición cultural anglosajona en todo el mundo. Además,
si tomamos en cuenta que en los últimos años, esta influencia termina
por magnificarse con la tan mentada globalización, entonces, deberíamos
de concluir, por la propia lógica de los hechos, que al menos en los
últimos cien años, otro paradigma más afín a la esencia cultural
colonialista inglesa y norteamericana se debería haber impuesto como el
personaje más querido y venerado por lectores de todas las lenguas. Ese
paradigma bien podría haber sido Hamlet, por ejemplo, pero nunca un tal
Alonso Quijano, hombre entrado en años, seco de carnes y enjuto de
rostro, que vivía en un lugar de La Mancha que ya a casi nadie le
importa precisar.
Debemos descartar, en consecuencia, el hecho de la imposición
cultural para explicar esta realidad que hace que Don Quijote de la
Mancha sea el libro más leído y publicado después de La Biblia.














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