[Amado de Mérici] [Más que pensar en las dificultades que los perros de la calle presentan a veces a los humanos, debemos pensar en una reformulación de nuestra relación con los animales que se base en el reconocimiento de su derecho a la vida.]
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Los perros que se hallan en las calles son, en ese orden de importancia, perdidos y abandonados. En general, los que viven en la calle no son perros felices. Pese a que la mayoría de ellos cuenta con madrinas y padrinos (tutores, y las que llamamos cariñosamente viejas locas) que los alimentan, sanan de sus enfermedades y vacunan regularmente, se trata de perros que viven bajo un enorme estrés, primero por los terribles y cotidianos riesgos que corren (de ser agredidos por humanos y otros perros, de morir atropellados, de contraer enfermedades) y, luego, porque su destino natural es una familia humana que, aparte protección, les proporcione compañía, cariño y una función en el seno del grupo familiar -que son cosas que esperamos todos los mamíferos.



Es fácil determinar en este dictamen (69752, titulado ‘Sobre control y 

El escándalo que estalló en Viña del Mar la última semana de noviembre por el hallazgo de diez cadáveres de perros en el contenedor que se encuentra en el patio del canil clínico de la municipalidad, no ha sido zanjado, como se afirmara erróneamente en un telediario reciente del canal católico local. Pero en realidad nadie sabe qué ocurrirá ahora. Lo que sí sabemos que no habrá ninguna investigación, ni de parte de las autoridades viñamarinas ni de parte de nadie. Además, en lo que parece una postura aberrante, algunos parecen dudar del hallazgo mismo.









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