Hace poco, Jim Trainum, detective del Departamento de Policía Metropolitana de Washington, escribía: "He sido agente de policía durante veinticinco años, y nunca entendí por qué admitiría alguien haber cometido un crimen que no cometió. Hasta que obtuve una confesión falsa en un caso de asesinato" (en Los Angeles Times ; uso la versión en español de mQh). Algunos de los datos que menciona el detective son impresionantes. Como por ejemplo, que "de las doscientas veinte condenas erróneas en Estados Unidos que han sido revocadas sobre la base de pruebas de ADN, casi el veinticinco por ciento se basaba en una confesión falsa o en declaraciones incriminatorias falsas". Según su experiencia, a veces una persona inocente confiesa un delito por amenazas o coerciones, pero muchas veces sólo porque quiere complacer a las autoridades o para proteger a alguien. "Algunos, en realidad", escribe, "llegan a creer que son culpables, o confiesan para pagar por algo malo que han hecho en su vida pero que no guarda relación con el caso. Algunas personas inocentes creen que recibirán una sentencia más severa -incluso la pena de muerte- si no confiesan".
(Leer más)