Ernesto  Undurraga  V.

Tirania y Dictadura Militar Chilena 1973 - 1990

pinochet_y_castro_durante_una_visita_de_este_ultimo_a_chile_en_los_anos_setenta.jpg  TIRANÍA Y DICTADURA son sinónimas. Pero como bien se ha dicho alguna vez, por más parecidos que sean dos vocablos en su significación, siempre habrá un fino contraste que distinga una cosa de otra. En su rigor técnico, “tiranía” – por ejemplo – siempre ha de constar un mismo significado; no obstante, el contexto en que se aplique o valore el término determinará la dimensión subjetiva del mismo, que es – en definitiva – la que en verdad importa. De esta suerte que yo pueda decir que si bien hoy “tiranía”, más allá de su acepción inmediata, connota con cuestiones completamente negativas, mucho tiempo atrás, en la misma Grecia en que se originó la palabra (por más difuso que sea su origen etimológico), implicó plenas valoraciones positivas. Más claro: en la misma Grecia el “tirano” era bien visto.
Podríamos decir que la labor abusiva del tirano fue la responsable de “ensuciar” al término en sí y, por ende, de endilgarle las connotaciones que hoy son su esencia semántica. Aristóteles llegó a señalar: “El tirano sale del pueblo y de la masa contra los notables, para que el pueblo no sufra ninguna injusticia por parte de aquellos. Se ve claro por los hechos: casi la mayoría de los tiranos, por así decir, han surgido de demagogos que se han ganado la confianza calumniando a los notables”.
Por lo general, entonces, una tiranía resume en una forma de gobierno substancialmente erigida en la demagogia y el populismo, es decir, de ese esfuerzo deliberado por demonizar a unos y santificar o victimizar a otros. Es de especial relevancia considerar que una tiranía, las más de las veces, cuenta con el apoyo de la masa popular e incluso esta misma la institucionaliza mediante el voto y demás concesiones por el estilo.


Una dictadura, en cambio, de ninguna forma ha sido advenida del voto popular. No obstante, en la medida en que el dictador se mantenga en el poder, incluso en base a concesiones “democráticas” (gracias a referéndums, verbigracia, Pinochet fue presidente durante 17 años) notamos la conversión del dictador en tirano. La etimología del término “dictadura” es de más asequible apreciación, por lo que vemos su origen en Roma y no en Grecia. Se trataría de un “gobierno extraordinario”, instituido por el derecho romano, conferido por los representantes del pueblo (que no por el voto del mismo) a una persona en particular. Tiempos de convulsión, períodos de guerra, hambrunas, desorganización, corrupción, ingobernabilidad y otros tantos flagelos auspician naturalmente la llegada inminente y salvadora del “dictador”.


Las dictaduras latinoamericanas que tuvieron lugar durante la segunda mitad del siglo pasado ilustran a las claras las razones intestinas que las ciñeron en el poder. Más allá de las diversas teorías “conspirativas” que enuncian a los Estados Unidos como promotor exclusivo de las mismas (específicamente documentado sólo en Chile), harto sabido es que los países en cuestión eran epicentros de distintos focos subversivos y terroristas promovidos y solventados comprobadamente tanto por URSS como por Cuba. Ante el deliberado intento desestabilizador de facciones subversivas, los golpes militares se sucedieron uno tras otro (con fuerte respaldo “tácito” de la ciudadanía, entre entidades políticas y sociales) llevados de la irrefrenable misión de interrumpir el avasallamiento marxista en la región. Se trató de dictaduras comisionadas para impedir el establecimiento de otras dictaduras,



Pero las dictaduras, justamente a falta del oxígeno que sólo provee una sincera vida democrática, también degeneran, y muchas veces, degeneran nada menos que en tiranías. A fin de ahorrar delicadísimas deducciones, podemos afirmar que una dictadura degenera en tiranía por las mismas razones por las que lo hace un gobierno constitucional o erigido por el voto popular: la eternización en el poder de una facción política (un militar deviene en político lo mismo que un dictador

 

 

Otra cosa que diferencia mucho una dictadura de una tiranía es el discurso, llano en la primera, y efusivo, cáustico y demencial en la segunda. Si nos remitimos al hecho simple y concreto de que una tiranía está comandada por un tirano, naturalmente arribaremos a la idea de que el discurso de este último es rico en resentimiento, odio, tergiversación, cinismo, victimización y vago ensalzamiento. Al  pueblo  le preocupa, nos guste o no, por los indiscutibles y variados síntomas de tiranía que ilustra a la clase dirigente.
La más ilustrativa medida de un tirano tipo es la de “legitimar lo ilegitimable”. Como carece de la poca legitimidad del dictador (porque no viene a restaurar ningún orden social o constitucional, ni batir a ningún invasor, ni tiene por planes erradicar el hambre y la corrupción), recurrirá a toda clase de métodos para justificar su “modelo”. Escarbar en el pasado, deformar la historia, santificar villanos y NEGAR LA REALIDAD serán la flema subrepticia que encenderán los motores de la “memoria”, “la justicia histórica”, “la reparación de las víctimas” y la “consolidación del modelo”. En todas y cada una de las consignas tiránicas siempre hay una sucia mentira que sólo persigue burlar el juicio de las masas.

Es que, precisamente, allí mismo radica la “legitimidad” de una tiranía: en la blanda y maleable consciencia de las masas. Con esta sola razón, podemos concluir que una tiranía tiene por base la “infantilización” del pueblo, la sumisión completa no al Estado sino al gobierno, la doctrina por sobre el deber, el partido antes que la constitución. Así como un niño necesita que le digan cómo tiene que comer, vestirse, bañarse, comportarse en fin, en una tiranía el pueblo se somete cual cándido infante al universo de emocionales directivas que parten de un gobierno falaz e irresponsable que sólo persigue eternizarse en el poder.
El desprecio a las instituciones (partiendo de la misma familia) no debiera sorprendernos, toda vez que se explica en la perspectiva tiránica de menoscabar todo indicio de cultura civil pertinente a incrementar el grado de infantilización de la masa popular. Un país sin instituciones fuertes es un país sin defensas orgánicas; es un país cuyos habitantes desaprendieron el ejercicio de la responsabilidad social hasta para consigo mismo (no quieren ser mejores, ni sabrían cómo); es un país donde manda uno solo y manda por todos los otros, que, como niños tristes, ven… pasar la vida.

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