
Recuerdo la venida del Papa, recuerdo las banderitas blancas y amarillas que hicimos en el colegio, las ganas de verlo, las ganas de contarle y mostrarle lo que era Chile, nuestros dolores y esperanzas.
Aún hoy me emocionan las imágenes de su visita, su encuentro con los mundos que eran parte de ese Chile, de ese Chile hasta entonces silenciado y castigado, las palabras de los pobladores, de los presos, de los jòvenes, de las regiones, un solo Chile, que sentia en el abrazo fraterno, en el acunar a Carmengloria Quintana, el poder confluir tanto dolor, tanta esperanza, tantos sueños.
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